LA LOCURA
La locura
galopa insaciable sobre las imágenes frenéticas que se desprenden del
televisor. Gotea, rítmicamente, la canilla de la cocina; y una mosca, si sólo
una mosca negra y acróbata, se posa sobre las manchas aceitosas que quedaron
sobre la mesada.
El tic-tac del
reloj de pared murmura, segundo a segundo, el paso del tiempo teñido de
tristezas. Las cortinas azules flotan
desde la ventana atravesada por dardos de luz que se filtran sin
cansancio. Y la voz solitaria del locutor, consciente de su presencia en
millones de hogares, anuncia fríamente los acontecimientos que se desarrollan
en lugares distantes. Guerras, accidentes, torturas, asaltos, aumentos, surgen
como en un calidoscopio desde la pantalla que atrapa.
Rostros
congestionados, otros indiferentes, algunos ensimismados, y tantos otros mientras
la pantalla color muestra la miseria, el engaño, la hipocresía.
Comentarios
alrededor de la mesa, insultos hacia los gobernantes, la sorpresa de algún
nuevo proyecto para un segmento de la población, y todas las reacciones inimaginables florecen
a partir de la voz o voces que salen de la pantalla cuadrada en todos los
hogares.
Y sentados en
familia, grupos o solitarios, el veneno penetra poco a poco durante los
instantes eternos absorbiendo la sustancia interna de los televidentes.
Hipnotizados,
robotizados, mirando la agonía de tantos, la perfidia de otros, percibiendo las
imágenes como una película y recibiendo el mensaje “a mi no me toca”. Triste y
firme la red de la inconsciencia se teje con intención y premeditación.
Millones
atornillados en sillas, sillones, camas, o en cualquier lugar. Y con cada
segundo la mente cumple un proceso de secamiento inminente.
Y la voz
impersonal rebota en las paredes tapadas por los gritos de los padres, el
llanto de los niños, el silencio de los viejos.
En un rincón la
locura erigió su trono escarbando las mentes como si nada.









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