martes, 30 de noviembre de 2010

JULIA, LA NIÑA. Cuento

Huye la niña entre los espinillos. Su falda de fino algodón se deshilacha con cada avance hacia la noche. Los latidos de su corazón resuenan en sus sienes mientras mechones desordenados se vuelcan sobre el rostro desencajado.

No siente los rasguños que se dibujan en la pálida piel, sólo quiere salir de ese espacio torturante que la hostigó gran parte de su vida. La noche oscura no la ayuda en su intento y más sola se siente. Su garganta ahoga gritos de impotencia, de dolor, de rebeldía. Sus pies resbalan sobre una superficie pegajosa dificultando su avance… y cae. El silencio se le hunde en las entrañas y el miedo explota en su interior desparramando manotazos en el vacío.

No quiere gritar. Sabe que no debe gritar. Nadie podrá comprender que su casa de cristal se transformó en su jaula. Las fuerzas la abandonan…¿para qué continuar? ¿qué sentido tiene buscar la luz de la mañana para seguir el camino?

El vacío de su alma se hace cada vez más pesado. Las fuerzas la abandonan poco a poco.

Desde una rama envejecida por el tiempo dos ojos refulgentes esperan con calma mientras sucumbe la vida de la niña. De pronto, el viento bate con furia la hojarasca que en remolinos cortantes se acercan hacia el lugar donde la desesperación se desenvuelve en el tórrido escenario.

Julia yace desarticulada entre el fango acumulado debajo de un inmenso árbol, cuando desde la infinitud del cielo surge una luz muy tenue. La luminosidad adquiere intensidad perforando la hondura del espacio mientras las ráfagas sacuden con bravura cientos de ramas. La luz se acerca con una rapidez inusitada hasta formar un cono sobre el cuerpo inerte.

Un aleteo lleva el par de ojos amarillentos.

El viento se convierte en bruma que va cambiando de color hasta llegar al dorado. Cada partícula lumínica se derrama sobre el cuerpo castigado; y poco a poco, en círculos concéntricos, la piel absorbe, milímetro a milímetro, la esencia luminosa.

Gladys Acevedo

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Mi Sentir

Poemas en homenaje a la tierra que me adoptó:Pocho, departamento del oeste cordobés en Argentina.

¡Pampa de Pocho!
Te despliegas perezosa
entre palmares y algarrobales;
entre aromas, silencios
y lastimeros churcales.

Tu silueta lujuriosa funde
el ritmo cadenciosos de tus ríos,
el rojo estridente de mil atardeceres
junto a la transparencia de tu cielo
fileteado de volcanes.-

¡Pampa de Pocho!
Bendita tierra tapizada de verdores,
embriagada por tus encantos
esperas pacientemente
el fruto de tus maizales


(Antología S.A.D.E 99 Poesía)


REMINISCENCIAS

REMINISCENCIAS

Puchú, Puchú.
tu nombre de valiente
ha quedado hundido
en el corazón de la pampa pochana;
esa tierra bendita
que atesora mil batallas.
Tus huellas duermen
bajo los caminos polvorientos;
mientras brota quejumbrosa la sal
desde la profundidad de tus dominios.

Tu raza quedó escondida
bajo la alfombra de maizales
vertiendo la fuerza de un pueblo
ya desaparecido.
La misma luna,
el mismo sol,
las mismas sierras
que tus ojos absorbieron
para prenderse de tu corazón.

Puchú, Puchú,
el latido de tu pecho bravío
estalla cada atardecer
en su matiz enrojecido.
Mientras, el canto de tu tierra
duerme entre miles de palmares
sacudiendo sus crestas
sobre misteriosos pedregales.
(Traslasierra. Voces del 2.000. Antología)


CANTO A TANINGA

CANTO A TANINGA

Taninga,
quiero pintarte
con brillos de estrellas,
con hebras de lunas.

Taninga,
deseo cantarte
con murmullo de agua
brincando de piedra en piedra.

Taninga,
quiero salpicar tus lomadas
con brisas de noches veraniegas.

Aquietarte con el frío de los inviernos
abrazada por el gélido viento sureño.

Taninga,
quiero alumbrar
la alfombra aterciopelada
de tus pastizales.
Quiero aunar el canto de los grillos,
de las chicharras
y el andar silencioso
de graciosas vizcachas.

Quiero pintarte con mis sueños
desatando mi canto
mientras cabalgo entre tus
cerros y lomadas.
(Traslasierra. Voces del 2000.
Antología)



DESCUBRIR

DESCUBRIR
Velia Villarreal

En esas noches pochanas,
acunada con el suave cantar de las chicharras,
descubrí la inmensidad
entre destellos de noches estrelladas.

Y aquí me encontré,
entre sierras y palmares,
bajo una luna dibujada.


Y aquí me quedé,
para el ver el verdor de los maizales,
para sentir la fragancia diáfana
de hierbas y algarrobales.

Pocho, Pocho !
Eres la tierra donde ha quedado mi simiente.
Un hijo que absorbe tu esencia tradicional,
las siluetas de tus cerros,
el color de tus amaneceres,
la transparencia de tus ríos
recorriendo caminos de piedra y sal.

(Traslasierra. Las voces del 2000 . Antología)