jueves, 30 de junio de 2011

ROSAS


Me he vestido de rosas

bajo el sol perforando los muros.


Tus besos regaron sus pétalos

bañándolos con fresco rocío.


El cielo abrió su cuenco,

recibió mansamente mis suspiros.


El embrujo de tu alma en llamas

envolvió suavemente…de lunas la mía.

Gladys Acevedo

lunes, 16 de mayo de 2011

DIBUJANDO ESTRELLAS

¡Qué bonito es dibujar

estrellas sobre tu piel

mientras susurran los grillos

en este atardecer!


Quedaron los suspiros

enredados en la almohada.

La brisa traviesa corrió la cortina,

saltó por la ventana.



La luna dispuesta juega

con tu cabello de plata.

Te miro, me miras.

Un beso trémulo sobre mis ojos regalas,

mi alma radiante te abraza.

martes, 30 de noviembre de 2010

JULIA, LA NIÑA. Cuento

Huye la niña entre los espinillos. Su falda de fino algodón se deshilacha con cada avance hacia la noche. Los latidos de su corazón resuenan en sus sienes mientras mechones desordenados se vuelcan sobre el rostro desencajado.

No siente los rasguños que se dibujan en la pálida piel, sólo quiere salir de ese espacio torturante que la hostigó gran parte de su vida. La noche oscura no la ayuda en su intento y más sola se siente. Su garganta ahoga gritos de impotencia, de dolor, de rebeldía. Sus pies resbalan sobre una superficie pegajosa dificultando su avance… y cae. El silencio se le hunde en las entrañas y el miedo explota en su interior desparramando manotazos en el vacío.

No quiere gritar. Sabe que no debe gritar. Nadie podrá comprender que su casa de cristal se transformó en su jaula. Las fuerzas la abandonan…¿para qué continuar? ¿qué sentido tiene buscar la luz de la mañana para seguir el camino?

El vacío de su alma se hace cada vez más pesado. Las fuerzas la abandonan poco a poco.

Desde una rama envejecida por el tiempo dos ojos refulgentes esperan con calma mientras sucumbe la vida de la niña. De pronto, el viento bate con furia la hojarasca que en remolinos cortantes se acercan hacia el lugar donde la desesperación se desenvuelve en el tórrido escenario.

Julia yace desarticulada entre el fango acumulado debajo de un inmenso árbol, cuando desde la infinitud del cielo surge una luz muy tenue. La luminosidad adquiere intensidad perforando la hondura del espacio mientras las ráfagas sacuden con bravura cientos de ramas. La luz se acerca con una rapidez inusitada hasta formar un cono sobre el cuerpo inerte.

Un aleteo lleva el par de ojos amarillentos.

El viento se convierte en bruma que va cambiando de color hasta llegar al dorado. Cada partícula lumínica se derrama sobre el cuerpo castigado; y poco a poco, en círculos concéntricos, la piel absorbe, milímetro a milímetro, la esencia luminosa.

Gladys Acevedo

jueves, 25 de noviembre de 2010

EL CAMINANTE. Cuento


EL CAMINANTE

Gladys Acevedo

(En homenaje a aquellos pobladores que habitaron este querido suelo,

y que gracias a su cuidado hoy podemos disfrutar)

Otro despertar sintiendo la pesadez del calor apretujando sin piedad la oscura habitación. Ni una simple brisa movía el aire enrarecido. Sólo el zumbido de los mosquitos, insistentes y mortíferos, se confundían con el chasquido de las manos que intentaban aplastarlos.

Sobre cueros bien sobados, tapizando el piso de tierra, descansaban Aiken, su mujer y sus cinco hijos. Hacía horas que el sopor había causado los efectos propios del intenso verano. Sus cuerpos semidesnudos, entre el relajamiento y la tensión, brillaban por efecto del sudor denso y persistente.

Los primeros rayos de la madrugada se filtraron por la rendija que había dejado el cuero sostenido por los palos que atravesaban la entrada. De a poco, despejando la oscuridad, comenzaron a tomar forma las personas y los objetos que se encontraban en la morada.

El piso, de tierra apisonada, terminaba hacia el fondo en un muro de piedra maciza donde se hallaba un fogón. Alrededor, cuencos de barro con láminas de hollín en sus bases, trozos de cuarzo brillando en el oscuro rincón, varillas pulidas y tientos de todos los tamaños.

Aiken abrió sus ojos despejando con sus manos los cabellos pegados en la cara; después miró a su mujer y a sus hijos desparramados sobre el piso. Por momentos, sus rostros expresaban placidez, pero de pronto el cambio era sorprendente. Desde el sueño profundo, los cuerpos se desarticulaban como buscando una nueva posición; mientras, la respiración se asemejaba a suaves bufidos haciendo eco en las paredes.

Muchas noches con la misma historia. El calor los azotaba de una manera letal, sin indicios de cambios.

Durante el día, el sol se incrustaba sobre las rocas, aniquilando los pocos pastos que se resistían a morir. Al llegar la noche, el calor absorbido por el ambiente, se desprendía sin miramientos provocando en los insectos y en todas las especies nocturnas un fragor que llegaba a la locura.

La escasez de agua se acentuaba a medida que los días pasaban. La tierra, esa amada tierra, mostraba bajo el sol recalcitrante cascarones rígidos, separados por grietas profundas salpicadas de salitre. Muchos amaneceres observando el horizonte, anhelando un cambio, una señal. Innumerables atardeceres teñidos de sangre, sin una nube que diera alguna esperanza.

Aikén se levantó desesperanzado, presintiendo un día más de penurias. Su siembra, ese maíz que con tanta dedicación había labrado junto a su familia, comenzaba a mostrar los estragos de la sequía. Ni siquiera intentó echar un vistazo por el portal tapado con el cuero. Ya sabía lo que les esperaba. Con la cabeza hundida entre sus hombros, sin despertar a su mujer, recorrió con su mirada la triste morada. Lentamente acomodó las herramientas y se dispuso a iniciar la mañana.

Con sus ásperas manos corrió el cuero que hacía de puerta, y sin levantar la vista, escuchó el canto lastimero del hornero suspendido sobre una rama del viejo algarrobo. Caminó hasta el arroyo; y fue en ese instante cuando sus ojos descubrieron el regalo del amanecer.

Apelotonados, detrás de las sierras, inmensos nubarrones se revelaban ascendiendo lentamente, como gigantes emergiendo de la roca.

Una luz de esperanza le dio brillo a sus ojos. Respiró hondo y con toda rapidez regresó a su choza.

………………………………………………………..

El mediodía llegó despacio, entre el sopor y el polvo de los caminos. Las nubes gigantescas de la madrugada habían desaparecido. El calor se apretaba intensamente sobre la piel morena de Aiken, mientras caminaba rítmicamente hacia Los Crestones.

Ese lugar era su templo. Allí establecía contacto con el espíritu de la naturaleza dejando en el infinito los interrogantes, esperando pacientemente las respuestas.

Día a día había realizado el mismo recorrido, tratando de encontrar una respuesta al desasosiego de su pueblo. Llegar hasta la cima de Los Crestones, era como limpiar su espíritu para llenarse del todo en la espera; pero esa mañana de noviembre, todo se había presentado diferente.

Sus pies descalzos y habituados a la dureza del sendero iban dejando huellas profundas en el guadal, cuya movediza arena se extendía interminable; pero él sabía cómo atravesarlo sin caer atrapado por el voraz pantano. El polvo y su sudor le daban un aspecto alucinante; mientras entre los pajonales, el grito estridente de los teros, le confirmaba que la situación se tornaba grave.

Los sentidos del hombre solitario y cansado se agudizaron. Bruscamente giró la cabeza, y sus ojos quedaron pegados en el horizonte delineado por las sierras. Allá a lo lejos, nuevamente una cresta luminosa se asomaba. Se detuvo por unos instantes con los pies hundidos en el polvo caliente, y llevando sus manos hacia los ojos, comenzó a medir el tiempo de traslado de la cresta sobre el azul intenso del cielo. Estuvo largo rato hasta que se decidió a continuar su camino.

Apresuró sus pasos acortando distancia. A medida que avanzaba, las rocas de Los Crestones se hacían cada vez más grandes. A sus espaldas las nubes amontonadas trotaban sin pausa, como una enorme cobija ensombrenciendo todo.

Sus pasos se convirtieron en carrera, mientras la larga cabellera le azotaba la espalda. La incandescencia del sol se tornó en caricias, mientras surcos de sudor resbalaban por su cara, por su cuerpo. Llegó en pocos minutos hasta el primer recoveco que tanto conocía para iniciar el ascenso. Preparó sus manos empastadas por el polvo y su propia transpiración deslizándolas con fuerzas sobre el escaso ropaje. Midió las distancias y se alistó.

Trepó firme y seguro hasta el punto más alto de la roca sintiendo los latidos de su corazón retumbándoles en el pecho. Sus pies, acostumbrados al rigor de la naturaleza, no percibían los bordes que sobresalían. Las manos encallecidas, producto de largas jornadas modelando sus herramientas, se agarraron de cada protuberancia escalando cada vez más alto. El viento que comenzaba a sentirse con mayor fuerza, fustigaba sus negros cabellos. Los músculos tensos ganaban altura. Y al fin llegó a la cima. La roca despedía un intenso calor pero él no lo percibió; sólo existía el afán de anticipar un gran día.

A sus espaldas, como queriendo sorprenderlo, se mostraban inflexibles, eternas, las sierras cordobesas. Bastó un giro de su torso para sentir el estallido de la emoción. La adrenalina chispeó por cada nervio en una estridencia conmocional, dejándolo estático, obnubilado. Con una velocidad inusitada, formidables nubarrones se aglomeraban en una solidez fantasmal.

Aikén quedó atónito al ver que el cielo se cubría rápidamente de bestias blanquecinas, mientras el tronar se hacía más cercano. De pronto, la brisa se transformó en vendaval levantando el polvaredal hiriendo, sin medir, las frágiles ramas de los matorrales ya resecos. Con un aullido desenfrenado la naturaleza se hizo presente. Formas voluptuosas, tronar ensordecedor, viento enloquecido sorprendieron al caminante. No se inmutó. Él sabía que la aparición repentina de la tormenta era la respuesta a tantas súplicas. La sequía se hundiría bajo borbotones de agua cual lágrimas del cielo sobre su tierra amada, y la siembra de su pueblo llenaría las vasijas y los morteros con granos de maíz. Tierra y agua, viento y sol comenzaban a abrazarse como diciéndoles a los hombres: Unid vuestras manos, unid vuestras voces! En ellas está la esperanza.

Y allí quedó, casi formando parte de la roca, con los brazos extendidos hacia el cielo, confundiéndose sus lágrimas con las primeras gotas de lluvia.

martes, 23 de noviembre de 2010

DOS LÁGRIMAS. Cuento breve

DOS LÁGRIMAS

Gladys Acevedo

Dos lágrimas cristalinas caen simplemente al compás de la música que llega desde la ventana. Ella, solitaria, con las manos sobre su regazo aprieta sueños tejidos de ternura y promesas.

Una taza de porcelana, ya olvidada, descansa sobre la mesa adornada con rosas y jazmines. El sol dibuja sobre la pared arabescos, sombras genuinas de la cortina de encajes. Todo emana perfumes suaves mientras la mirada de la mujer se pierde en el tic-tac del antiguo reloj ubicado detrás y sobre el sillón.

Los segundos, en su caminar, se suben a los latidos que se escapan de su pecho. Los minutos, comienzan a pesar en el tiempo que se detiene.

Dos lágrimas resbalan estirándose sobre el rostro marchito; y las horas se apelotonan en escarlatas mientras las baldosas rojas se licuan tiñendo la sala poco a poco de sangre que fluye desde los ojos, los oídos, de todo su cuerpo.

El perfume de las rosas y jazmines se pierde en el sabor metálico de la sangre que mana desde el alma de la pobre mujer convirtiendo su espacio en un gran coágulo que se seca, se seca muriendo de a poco entre el escarlata.

El tiempo se apaga, desaparecen los segundos atravesando las dos lágrimas que rebotan sin prisa.

miércoles, 14 de abril de 2010

VALE LA PENA


Desdeñas los frutos de la esperanza
a cambio del falso destello del metal.
Te aquietas en el estruendo de la ciudad
entre telones de cemento y celofán.

Si tu corazón fue pintado
con los colores del arco iris,
tu risa engendrada desde la brisa
que refresca con sus caricias,
¡cómo puedes olvidar la luz
que fluye desde tu alma celestial!

Tal vez el Amor
se petrificó en el olvido
y la memoria de tiempos idos
se estampó en muros grises y fríos
llenándote de soledad,
corriendo por tus venas sólo el vacío.

Pero nunca es tarde
para encontrar el cincel.
Rompe la coraza
que cubre la esencia de tu ser.
Libera tus ataduras aunque sea a dentelladas.
Vale la pena perder los dientes
en tamaña hazaña aún rasgando la piel.

Y descubre la libertad
tejiendo esperanzas, compartiendo sueños
por ese mundo que vive latiendo
entre tanta soledad.


Todo es posible pues existe
la fe, la esperanza y el amor
barcas inmortales que superan
las tormentas de tanta maldad.
Súbete sin temores,
en cada una de ellas está tu lugar,
naveguemos juntos en el mar de la fraternidad.

Este poema fue leído el pasado lunes por Ricardo Morén quien junto a Nilda de Luca conducen el programa "La Balsa" ELI-T” FM 97.1 LA RADIO DE QUILMES, todos los lunes de 22 a 24 horas.
Gracias Nilda y Ricardo!

viernes, 19 de marzo de 2010






EL RÍO

A lo largo de la vida
cuatro palabras he buscado:
¡Te quiero! ¡Te amo!
Hoy las encuentro cantarinas
en este río sin igual.

Tantas caricias he buscado
que me pudieran amar.
hoy las descubro en la brisa,
en el agua, las rocas y la sal;
en la arena, en el resplandor
de esta tarde de sol,
en el viento que eriza la piel
de este río que pasa sereno
regalando su frescor.
Fotografía: Río Jaime atravesando El Vado.
Gladys Acevedo






miércoles, 18 de noviembre de 2009

LA MADRUGADA

LA MADRUGADA

La madrugada se despereza
ingenua y remolona;
tapada de grises,
arrullada de cantares.

Las gotas acarician
trémulas y sensuales
el esmeralda de las hojas.
Las corolas se abren
desprendiendo sus perfumes.
La mañana se despierta
bañada de esperanzas.

Canta el zorzal
desde la quieta rama.
Un rayo de sol
se hunde en la negrura de su pupila.

Destellos mágicos
se desprenden de sus plumas
cuando el gorjeo cadencioso
embeleza el entorno.

jueves, 1 de octubre de 2009

FOTOPOEMA: Soledad


¡CUÁNTAS VECES UN RINCÓN DEL PAISAJE NOS OBNUVILA, NOS ATRAPA, NOS POSEE! Y ES ALLÍ DONDE NOS CUESTIONAMOS.


ESTE FOTOPOEMA ES JUSTAMENTE LA CONCRECIÓN DE UNO DE ESOS MOMENTOS DONDE EL ALMA SE AQUIETA Y SE CONMUEVE.

LOS LLANOS DE CHANCANÍ ESTÁN UBICADOS AL OESTE DE LA PROVINCIA DE CÓRDOBA, ARGENTINA. TODA SU INMENSIDAD PUEDE OBSERVARSE DESDE LA MARAVILLA DE "LOS TÚNELES".

lunes, 14 de septiembre de 2009

¡NIÑO, MI NIÑO DE LA ESCUELA RURAL

Del libro:
"Canto a la Escuela Rural" Gladys Acevedo

¡Niño, mi niño de la escuela rural!
Estrellita escapada del cielo
para dormir en un cuento bajo el algarrobal.

¡Niño, mi niño de la escuela rural!
manitas tomadas a las riendas de una estrella fugaz,
tus pasos alegran el arenal.

¡Niño, mi niño de la escuela rural!
Tu voz se hace canto con el zorzal
y vuela tu alma sobre el manantial.

En las mañanas, recorriendo el corral,
corderitos saltarines son tus amigos
y con ellos te pones a jugar.

El sol desde lo alto alumbra tu cara
radiante de felicidad cuando caminas presuroso
hacia tu segundo hogar.

Un sin fin de trinos
se descuelgan de los árboles
marcando el ritmo de tu caminar.

Crujen las piedras, el polvo se levanta,
aromas de tomillo enredados en los senderos
te regalan una fiesta sin igual.

Tu burrito compañero te acuna al trotar.
Las alforjas todas llenas sueltan risas,
a las nubes quieren trepar.

La mochila saltarina tintinea
al compás de lápices y cuadernos
que ya quieren trabajar.

Y a lo lejos la campana
te avisa que estás por llegar.
La escuela te espera como tu segundo hogar.

Blanca como la luna
tu maestra en el umbral.
con sus brazos abiertos y su mirada de trigal.

Ella, tu guía, tu luz de sabiduría.
Vos, una estrella dispuesta a iluminar.
Juntos en la escuela buscando la libertad.

¡Niño, mi niño de la escuela rural!
Estrellita escapada del cielo
para dormir en un cuento bajo el algarrobal.

¡Niño, mi niño de la escuela rural!
Manitas tomadas a las

Mi Sentir

Poemas en homenaje a la tierra que me adoptó:Pocho, departamento del oeste cordobés en Argentina.

¡Pampa de Pocho!
Te despliegas perezosa
entre palmares y algarrobales;
entre aromas, silencios
y lastimeros churcales.

Tu silueta lujuriosa funde
el ritmo cadenciosos de tus ríos,
el rojo estridente de mil atardeceres
junto a la transparencia de tu cielo
fileteado de volcanes.-

¡Pampa de Pocho!
Bendita tierra tapizada de verdores,
embriagada por tus encantos
esperas pacientemente
el fruto de tus maizales


(Antología S.A.D.E 99 Poesía)


REMINISCENCIAS

REMINISCENCIAS

Puchú, Puchú.
tu nombre de valiente
ha quedado hundido
en el corazón de la pampa pochana;
esa tierra bendita
que atesora mil batallas.
Tus huellas duermen
bajo los caminos polvorientos;
mientras brota quejumbrosa la sal
desde la profundidad de tus dominios.

Tu raza quedó escondida
bajo la alfombra de maizales
vertiendo la fuerza de un pueblo
ya desaparecido.
La misma luna,
el mismo sol,
las mismas sierras
que tus ojos absorbieron
para prenderse de tu corazón.

Puchú, Puchú,
el latido de tu pecho bravío
estalla cada atardecer
en su matiz enrojecido.
Mientras, el canto de tu tierra
duerme entre miles de palmares
sacudiendo sus crestas
sobre misteriosos pedregales.
(Traslasierra. Voces del 2.000. Antología)


CANTO A TANINGA

CANTO A TANINGA

Taninga,
quiero pintarte
con brillos de estrellas,
con hebras de lunas.

Taninga,
deseo cantarte
con murmullo de agua
brincando de piedra en piedra.

Taninga,
quiero salpicar tus lomadas
con brisas de noches veraniegas.

Aquietarte con el frío de los inviernos
abrazada por el gélido viento sureño.

Taninga,
quiero alumbrar
la alfombra aterciopelada
de tus pastizales.
Quiero aunar el canto de los grillos,
de las chicharras
y el andar silencioso
de graciosas vizcachas.

Quiero pintarte con mis sueños
desatando mi canto
mientras cabalgo entre tus
cerros y lomadas.
(Traslasierra. Voces del 2000.
Antología)



DESCUBRIR

DESCUBRIR
Velia Villarreal

En esas noches pochanas,
acunada con el suave cantar de las chicharras,
descubrí la inmensidad
entre destellos de noches estrelladas.

Y aquí me encontré,
entre sierras y palmares,
bajo una luna dibujada.


Y aquí me quedé,
para el ver el verdor de los maizales,
para sentir la fragancia diáfana
de hierbas y algarrobales.

Pocho, Pocho !
Eres la tierra donde ha quedado mi simiente.
Un hijo que absorbe tu esencia tradicional,
las siluetas de tus cerros,
el color de tus amaneceres,
la transparencia de tus ríos
recorriendo caminos de piedra y sal.

(Traslasierra. Las voces del 2000 . Antología)